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El Te­mido Enemigo

September 5th, 2009 by Sucrot received 2 Comments »

Había una vez, en un reino muy le­jano y per­dido, un rey al que le gus­taba sen­tirse po­de­roso. Su de­seo de po­der no se sa­tis­fa­cía sólo con te­nerlo, él, ne­ce­si­taba, ade­más, que to­dos lo ad­mi­ra­ran por ser po­de­roso. Así como la ma­dras­tra de Blanca Nie­ves no le al­can­zaba con verse be­lla, tam­bién él ne­ce­si­taba mi­rarse en un es­pejo que le di­jera lo po­de­roso que era. Él no te­nía es­pe­jos má­gi­cos, pero con­taba con un mon­tón de cor­te­sa­nos y sir­vien­tes a su al­re­de­dor a quie­nes pre­gun­tarle si él era el más po­de­roso del reino.
In­va­ria­ble­mente to­dos le de­cían lo mismo:
- Al­teza, eres muy po­de­roso, pero tú sa­bes que el mago tiene un po­der que na­die po­see: Él co­noce el futuro.

(En aquel tiempo, al­qui­mis­tas, fi­ló­so­fos, pen­sa­do­res, re­li­gio­sos y mís­ti­cos eran lla­ma­dos, ge­né­ri­ca­mente “ma­gos”).
El rey es­taba muy ce­loso del mago del reino pues aquel no sólo te­nía fama de ser un hom­bre muy bueno y ge­ne­roso, sino que ade­más, el pue­blo en­tero lo amaba, lo ad­mi­raba y fes­te­jaba que él exis­tiera y vi­viera allí.
No de­cían lo mismo del rey.
Qui­zás por­que ne­ce­si­taba de­mos­trar que era él quien man­daba, el rey no era justo, ni ecuá­nime, y mu­cho me­nos bondadoso.

Un día, can­sado de que la gente le con­tara lo po­de­roso y que­rido que era el mago, o mo­ti­vado por esa mez­cla de ce­los y te­mo­res que ge­nera la en­vi­dia, el rey ur­dió un plan:
Or­ga­ni­za­ría una gran fiesta a la cual in­vi­ta­ría al mago. Des­pués de la cena, pe­di­ría la aten­ción de to­dos. Lla­ma­ría al mago al cen­tro del sa­lón y de­lante de los cor­te­sa­nos, le pre­gun­ta­ría si era cierto que sa­bía leer el fu­turo. El in­vi­tado ten­dría dos po­si­bi­li­da­des: de­cir que no, de­frau­dando así la ad­mi­ra­ción de los de­más, o de­cir que sí, con­fir­mando el mo­tivo de su fama. El rey es­taba se­guro de que es­co­ge­ría la se­gunda po­si­bi­li­dad. En­ton­ces, le pe­di­ría que le di­jera la fe­cha en la que el mago del reino iba a mo­rir. Éste da­ría una res­puesta, un día cual­quiera, no im­por­taba cuál. En ese mismo mo­mento, pla­neaba el rey, sa­car su es­pada y ma­tarlo. Con­se­gui­ría con esto dos co­sas de un solo golpe: la pri­mera, des­ha­cerse de su enemigo para siem­pre; la se­gunda, de­mos­trar que el mago no ha­bía po­dido ade­lan­tarse al fu­turo, ya que se ha­bía equi­vo­cado en su pre­dic­ción. Se aca­ba­rían, en una sola no­che, el mago y el mito de sus poderes…

Los pre­pa­ra­ti­vos se ini­cia­ron en­se­guida, y muy pronto el día del fes­tejo llegó…

…Des­pués de la gran cena, el rey hizo pa­sar al mago al cen­tro y le preguntó:

- ¿Es cierto que pue­des leer el futuro?

- Un poco - dijo el mago.

- ¿Y pue­des leer tu pro­pio fu­turo? - pre­guntó el rey.

- Un poco - dijo el mago.

- En­ton­ces quiero que me des una prueba - dijo el rey - ¿Qué día mo­ri­rás?. ¿ Cuál es la fe­cha de tu muerte?

El mago se son­rió, lo miró a los ojos y no contestó.

- ¿Qué pasa mago? - dijo el rey son­riente - ¿No lo sa­bes?… ¿no es cierto que pue­des ver el futuro?

- No es eso - dijo el mago - pero lo que sé, no me animo a decírtelo.

- ¿Cómo que no te ani­mas? - dijo el rey -… Yo soy tu so­be­rano y te or­deno que me lo di­gas. De­bes darte cuenta de que es muy im­por­tante para el reino sa­ber cuando per­de­mos a sus per­so­na­jes más emi­nen­tes… Con­tés­tame pues, ¿cuándo mo­rirá el mago del reino?

Luego de un tenso si­len­cio, el mago lo miró y dijo:

- No puedo pre­ci­sarte la fe­cha, pero sé que el mago mo­rirá exac­ta­mente un día an­tes que el rey…

Du­rante unos ins­tan­tes, el tiempo se con­geló. Un mur­mu­llo co­rrió por en­tre los in­vi­ta­dos.
El rey siem­pre ha­bía di­cho que no creía en los ma­gos ni en las adi­vi­na­cio­nes, pero lo cierto es que no se animó a ma­tar al mago.
Len­ta­mente el so­be­rano bajó los bra­zos y se quedó en si­len­cio…
Los pen­sa­mien­tos se agol­pa­ban en su ca­beza.
Se dio cuenta de que se ha­bía equi­vo­cado.
Su odio ha­bía sido el peor consejero.

- Al­teza, te has puesto pá­lido. ¿Qué te su­cede? - pre­guntó el invitado.

- Me siento mal - con­testó el mo­narca - voy a ir a mi cuarto, te agra­dezco que ha­yas venido.

Y con un gesto con­fuso giró en si­len­cio en­ca­mi­nán­dose a sus ha­bi­ta­cio­nes…
El mago era as­tuto, ha­bía dado la única res­puesta que evi­ta­ría su muerte.
¿Ha­bría leído su mente?
La pre­dic­ción no po­día ser cierta. Pero… ¿Y si lo fuera?…
Es­taba atur­dido…
Se le ocu­rrió que se­ría trá­gico que le pa­sara algo al mago ca­mino a su casa.

El rey vol­vió so­bre sus pa­sos, y dijo en voz alta:

- Mago, eres fa­moso en el reino por tu sa­bi­du­ría, te ruego que pa­ses esta no­che en el pa­la­cio pues debo
con­sul­tarte por la ma­ñana so­bre al­gu­nas de­ci­sio­nes reales.

- ¡ Ma­jes­tad!. Será un gran honor… – dijo el in­vi­tado con una reverencia.

El rey dio órde­nes a sus guar­dias per­so­na­les para que acom­pa­ña­ran al mago hasta las ha­bi­ta­cio­nes de hués­pe­des en el pa­la­cio y para que cus­to­dia­sen su puerta ase­gu­rán­dose de que nada pa­sara…
Esa no­che el so­be­rano no pudo con­ci­liar el sueño. Es­tuvo muy in­quieto pen­sando qué pa­sa­ría si el mago le hu­biera caído mal la co­mida, o si se hu­biera he­cho daño ac­ci­den­tal­mente du­rante la no­che, o si, sim­ple­mente, le hu­biera lle­gado su hora.

Bien tem­prano en la ma­ñana el rey gol­peó en las ha­bi­ta­cio­nes de su in­vi­tado.
Él nunca en su vida ha­bía pen­sado en con­sul­tar nin­guna de sus de­ci­sio­nes, pero esta vez, en cuánto el mago lo re­ci­bió, hizo la pre­gunta… ne­ce­si­taba una ex­cusa.
Y el mago, que era un sa­bio, le dio una res­puesta co­rrecta, crea­tiva y justa.
El rey, casi sin es­cu­char la res­puesta, alabó a su hués­ped por su in­te­li­gen­cia y le pi­dió que se que­dara un día más, su­pues­ta­mente, para “con­sul­tarle” otro asunto… (ob­via­mente, el rey sólo que­ría ase­gu­rarse de que nada le pa­sara).
El mago - que go­zaba de la li­ber­tad que sólo con­quis­tan los ilu­mi­na­dos - aceptó…
Desde en­ton­ces to­dos los días, por la ma­ñana o por la tarde, el rey iba hasta las ha­bi­ta­cio­nes del mago para con­sul­tarlo y lo com­pro­me­tía para una nueva con­sulta al día si­guiente.
No pasó mu­cho tiempo an­tes de que el rey se diera cuenta de que los con­se­jos de su nuevo ase­sor eran siem­pre acer­ta­dos y ter­mi­nara, casi sin no­tarlo, te­nién­do­los en cuenta en cada una de las decisiones.

Pa­sa­ron los me­ses y luego los años.
Y como siem­pre… es­tar cerca del que sabe vuelve el que no sabe, más sa­bio.
Así fue: el rey poco a poco se fue vol­viendo más y más justo.
Ya no era des­pó­tico ni au­to­ri­ta­rio. Dejó de ne­ce­si­tar sen­tirse po­de­roso, y se­gu­ra­mente por ello dejó de ne­ce­si­tar de­mos­trar su po­der.
Em­pezó a apren­der que la hu­mil­dad tam­bién po­día te­ner sus ven­ta­jas.
Em­pezó a reinar de una ma­nera más sa­bia y bon­da­dosa.
Y su­ce­dió que su pue­blo em­pezó a que­rerlo, como nunca lo ha­bía que­rido antes.

El rey ya no iba a ver al mago in­ves­ti­gando por su sa­lud, iba real­mente para apren­der, para com­par­tir una de­ci­sión o sim­ple­mente para char­lar.
El rey y el mago ha­bían lle­gado a ser ex­ce­len­tes amigos.

Hasta que un día, a más de cua­tro años de aque­lla cena, sin mo­tivo, el rey re­cordó.
Re­cordó que este hom­bre, a quien con­si­de­raba ahora su me­jor amigo, ha­bía sido su más odiado enemigo.
Re­cordó aquél plan que al­guna vez ur­dió para ma­tarlo.
Y sé dio cuenta que no po­día se­guir man­te­niendo este se­creto sin sen­tirse un hipócrita.

El rey tomó co­raje y fue hasta la ha­bi­ta­ción del mago. Gol­peó la puerta y ape­nas en­tró, le dijo:

- Her­mano mío, tengo algo para con­tarte que me oprime el pecho.

- Dime - dijo el mago - y ali­via tu corazón.

- Aque­lla no­che, cuando te in­vité a ce­nar y te pre­gunté so­bre tu muerte, yo no que­ría en reali­dad sa­ber so­bre tu fu­turo, pla­neaba ma­tarte frente a cual­quier cosa que me di­je­ras, que­ría que tu muerte ines­pe­rada des­mis­ti­fi­cara tu fama de adi­vino. Te odiaba por­que to­dos te ama­ban… Es­toy tan aver­gon­zado…
El rey sus­piró pro­fun­da­mente y si­guió:
- Aque­lla no­che no me animé a ma­tarte y ahora que so­mos ami­gos, y más que ami­gos, her­ma­nos, me ate­rra pen­sar lo que hu­biera per­dido si lo hu­biese he­cho.
Hoy he sen­tido que no puedo se­guir ocul­tán­dote mi in­fa­mia.
Ne­ce­sité de­cirte todo esto para que tú me per­do­nes o me des­pre­cies, pero sin ocultamientos.

El mago lo miró y le dijo:

- Has tar­dado mu­cho tiempo en po­der de­cír­melo, pero de to­das ma­ne­ras, me ale­gra que lo ha­yas he­cho, por­que esto es lo único que me per­mi­tirá de­cirte que ya lo sa­bía. Cuando me hi­ciste la pre­gunta y aca­ri­ciaste con la mano so­bre el puño de tu es­pada, fue tan clara tu in­ten­ción, que no ha­cía falta ser adi­vino para darse cuenta de lo que pen­sa­bas ha­cer - el mago son­rió y puso su mano en el hom­bro del rey. - Como justa de­vo­lu­ción a tu sin­ce­ri­dad, debo de­cirte que yo tam­bién te mentí… Te con­fieso que in­venté esa ab­surda his­to­ria de mi muerte an­tes de la tuya para darte una lec­ción. Una lec­ción que re­cién hoy es­tás en con­di­cio­nes de apren­der, qui­zás la más im­por­tante cosa que yo te haya enseñado:

Va­mos por el mundo odiando y re­cha­zando as­pec­tos de los otros y hasta de no­so­tros mis­mos que cree­mos des­pre­cia­bles, ame­na­zan­tes o inú­ti­les… y sin em­bargo, si nos da­mos tiempo, ter­mi­na­re­mos dán­do­nos cuenta de lo mu­cho que nos cos­ta­ría vi­vir sin aque­llas co­sas que en un mo­mento rechazamos.

Tu muerte, que­rido amigo, lle­gará justo, justo el día de tu muerte, y ni un mi­nuto an­tes. Es im­por­tante que se­pas que yo es­toy viejo, y que mi día se­gu­ra­mente se acerca. No hay nin­guna ra­zón para pen­sar que tu par­tida deba es­tar atada a la mía. Son nues­tras vi­das las que se han li­gado, no nues­tras muertes.

El rey y el mago se abra­za­ron y fes­te­ja­ron brin­dando por la con­fianza que cada uno sen­tía en esta re­la­ción que ha­bían sa­bido cons­truir juntos…

Cuenta la le­yenda…
que mis­te­rio­sa­mente…
esa misma no­che…
el mago…
mu­rió du­rante el sueño.

El rey se en­teró de la mala no­ti­cia a la ma­ñana si­guiente… y se sin­tió desolado.

No es­taba an­gus­tiado por la idea de su pro­pia muerte, ha­bía apren­dido del mago a desa­pe­garse hasta de su per­ma­nen­cia en el mundo.
Es­taba triste, sim­ple­mente por la muerte de su amigo.
¿Qué coin­ci­den­cia ex­traña ha­bía he­cho que el rey pu­diera con­tarle esto al mago justo la no­che an­te­rior a su muerte?.
Tal vez, tal vez de al­guna ma­nera des­co­no­cida el mago ha­bía he­cho que él pu­diera de­cirle esto para qui­tarle su fan­ta­sía de mo­rirse un día des­pués.
Un último acto de amor para li­brarlo de sus te­mo­res de otros tiem­pos…
Cuen­tan que el rey se le­vantó y que con sus pro­pias ma­nos cavó en el jar­dín, bajo su ven­tana, una tumba para su amigo, el mago.
En­te­rró allí su cuerpo y el resto del día se quedó al lado del mon­tículo de tie­rra, llo­rando como se llora ante la pér­dida de los se­res que­ri­dos.
Y re­cién en­trada la no­che, el rey vol­vió a su habitación.

Cuenta la le­yenda… que esa misma no­che… vein­ti­cua­tro ho­ras des­pués de la muerte del mago, el rey mu­rió en su le­cho mien­tras dor­mía…
qui­zás de ca­sua­li­dad…
qui­zás de do­lor…
qui­zás para con­fir­mar la última en­se­ñanza del maestro.

Es­pero que a los que ha­béis lle­gado al fi­nal os haya gus­tado este cuento de Jorge Bu­cay :wink:

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2 Responses to “El Te­mido Enemigo”

  1. Rutrus says:

    Ya la ha­bía leído hace mu­cho tiempo, pero me ha gus­tado re­cor­darla. Los cuen­tos de Jorge Bu­cay son muy inspiradores.

    Responder

  2. qtpaxa says:

    To­tal­mente cierto. Este cuento, de he­cho, está sa­cado de una re­co­pi­la­ción suya lla­mada “Cuen­tos para pen­sar”, y en prin­ci­pio ese es su ob­je­tivo :mrgreen:

    Sa­lu­dos Ru­trus :wink:

    Responder


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